Por Gracy Huerta Bedolla

 

Hay muchas cosas sobre el universo que aún no entiendo, y a decir verdad, no me preocupan tanto. Claro, es verdad que suena interesante descubrir más de lo que está a nuestro alrededor, pero me parece absurdo que estemos constantemente en busca de algo “maravilloso” o “increíble”, cuando no existe algo tan perfecto como la tierra.

Solo para que quede más claro mi amor por nuestro planeta y la lógica de este sentimiento, me parece prudente establecer lo siguiente:

El planeta está hecho para mí y yo estoy hecha para el planeta…

LA TIERRA Y YO SOMOS UNA MISMA

Sé que suena muy romántico, pero basta dedicarle unos segundos para entenderlo. De no ser por nuestro incesante deseo por darle la espalda a nuestra naturaleza, nuestra existencia en este planeta sería totalmente sustentable. La tierra ya nos da alimento, agua, oxígeno, luz y, como si fuera poco, nos toma de vuelta una vez que morimos. ¿Alguna vez se habían puesto a pensar en esto? La tierra es tan perfecta que encuentra la forma de resguardarnos en vida y en el instante en el que dejamos nuestra forma humana, da oportunidad a que nuestra descomposición enriquezca sus raíces.

Bueno, ese sería el caso perfecto, pero no; en lugar de eso, hemos tomado literal el “la tierra y yo somos uno mismo” y si uno de nosotros fallece, un pedazo de la tierra también debe morir. Así, optamos por talar un sinfín de árboles para luego producir ataúdes, y llenamos los entierros y funerales con flores que, inminentemente, están destinadas a marchitarse ¡Que egoístas nos hemos vuelto!

Es verdad que la tierra es tan grandiosa que nos obsequia muchos de sus elementos, pero hemos olvidado que necesita tiempo para recuperarse. No es lo mismo talar un árbol cada cuatro meses, a talar cientos de miles de árboles al día. ¡Por supuesto que la tierra está dolida! Ella nos da todo y nosotros despreocupadamente le pedimos más.

Como si fuera poco, nos hemos asegurado de volver imposibles los procesos naturales que le permiten a nuestro planeta curarse. Me temo, en sí, que no existen ya minerales suficientes que permitan filtrar toda el agua contaminada por químicos en este planeta. No existe un proceso natural lo suficientemente fuerte como para regresarle a la tierra su fertilidad. No hay suceso meteorológico que pueda traer un equilibrio a los inestables estados climatológicos que enfrentamos actualmente, y no existe ya ningún tipo de admiración y respeto por el poder que tiene este planeta para mantener la vida.

A como yo lo veo, aquellos que se rehúsan a hacer algo al respecto están contribuyendo a su propia muerte.  Porque incluso sabiendo que al morir nosotros, no muere la tierra; en cuanto muera la tierra habremos de morir nosotros. Sé que a estas alturas cambiar nuestra forma de pensar y aún más, de actuar, resulta complicado, pero tengo fe.

Tengo fe de que un día de estos seremos tantos los que reconocemos el amor que recibimos de este planeta, que por fin empezaremos a ser recíprocos.

Daremos una mirada al pasado y nos preguntaremos en qué momento decidimos contaminar nuestra propia fuente de vida. ¿Por qué atentamos contra nosotros mismos?

Quizás es verdad que reparar el daño que hemos causado tome siglos, pero día con día podemos hacer la diferencia. Despertemos y démosle gracias a la tierra por todo lo que nos da y, sobre todo, recordemos sus características por lo que son: maravillas. Que la lluvia nos recuerde lo excitante que resulta el concepto de ver caer agua del cielo. Olvídense de lo que saben sobre el ciclo del agua, aborden el suceso como algo que aún no entienden y déjense sorprender por eso. No se molesten si el aire los despeina, les prometo que es la forma que tiene este planeta de darnos abrazos. Tomen lodo entre sus dedos y pregúntense si no parece asombrosa la habilidad que tiene la tierra para cambiar de textura.  Vean un arcoíris y piensen en todas las circunstancias que tuvieron que coincidir para que algo así se originara.

Por último, estúdiense; dense un momento para analizar nuestra estructura y reflexionen si no es verdad que mucho de lo que vemos en la tierra se encuentra en nosotros. No creo que sea coincidencia que nuestras venas parezcan las raíces de un árbol, o que las estrías de la tierra seca se asemejen a aquellas que aparecen en la piel.

¡AMEN Y RESPETEN A LA TIERRA! Porque al hacerlo, se estarán amando y respetando a ustedes mismos.